Lucía de Juan García nº de colegiada: M-23642 - C/ Olímpico Francisco Fernández Ochoa, 7 Alcorcón (Madrid)

"Me quiere, no me hiere. Me hiere, no me quiere" o el mal amor en las relaciones

Quiero hacer un breve acercamiento a un fenómeno que me ha llamado especialmente la atención desde mi experiencia como psicoterapeuta. Digo breve acercamiento porque este tema daría para escribir varios post más, pero trataré de hacer una introducción.

 

Desde hace un tiempo en la consulta me encuentro mujeres a las que cualquiera reconocería como fuertes, independientes, empoderadas, con vidas y carreras exitosas, extraordinarias, resolutivas… y que, sin embargo, están enganchadas (o desenganchándose a pequeños pasos) a relaciones tóxicas, imposibles, destructivas y que les genera sufrimiento enorme.

Y digo mujeres en general porque son mayoría en la consulta, aunque también me encuentro hombres enganchados a relaciones de este tipo.

 

Pueden haber pasado años en una relación así.  Relación disfrazada de amor pero que oculta un sufrimiento importante que,  a veces,  las mujeres no son capaces de ver cuando están metidas dentro. Es difícil ver el cuadro entero cuando formamos parte de él. No se dan cuenta a pesar de su propio malestar. O si se dan cuenta lo toman como un sacrificio necesario, a pesar de las posibles advertencias y consejos de sus amigas y familiares. Son capaces de desoír todo eso en pro del AMOR.

Y es que estas relaciones no están exentas de amor. De hecho, la primera justificación que se dan las mujeres, la primera que oigo siempre, es que “nos queremos” o “me quiere muchísimo”. Pero no basta con que nos quieran, nos tienen que querer bien.

Hay una delgada línea entre un mal querer y un maltrato emocional. En estas relaciones de las que hablo no siempre se da un maltrato (aunque en ocasiones se entremezcla) pero sí una mala forma de querer.

Y cada vez que me encuentro de nuevo en la consulta una mujer con una historia de un mal amor me pregunto que por qué una mujer tan empoderada, resolutiva y exitosa no ve todo lo que está sufriendo en su relación, por qué no es capaz de salir de ahí, por qué acepta ese amor como si no hubiese más alternativas, por qué “prefiere” una relación así a estar soltera, por qué sigue esperando a que él cambie… Las propias mujeres también se lo preguntan generalmente. Cuando llegan a consulta ya hay un grado elevado de conciencia de cómo es su relación (o cómo ha sido) y por qué necesitan desengancharse. En su cabeza suelen caber todas las razones teóricas para separarse, para continuar una vida sin él, pero lo difícil en ocasiones es llevarlo a cabo, hacer esa separación real, despedirse de lo que fue y también de lo que pudo ser y nunca fue ni será.

Ojalá tuviese todas las respuestas a estas preguntas. Igual que no hay una definición única de lo que es el amor, porque cada pareja construye su “propia manera de amar”, no existe una explicación o una receta que sirva para todas las personas.

Sí sé que la receta de un buen-amor tiene que tener unos ingredientes esenciales que no pueden faltar. Tiene que haber afecto, sexualidad, un proyecto de vida en común y reciprocidad. Con reciprocidad me refiere a una igualdad de valor, donde yo sea igual de valiosa para la otra persona como lo es para mí, donde haya mutualidad, donde yo ocupe el mismo lugar en la vida de la otra persona como lo ocupa en el mío.

 

Pero a pesar de saber eso, algunas mujeres sostienen las relaciones, enganchadas a un mal amor. Hay una frase que me gusta que dice “Aceptamos el amor que creemos merecer”. Y es que creo que una mujer metida en una relación de mal-querer es probablemente una mujer que no se quiera bien a sí misma. Y que, además, si no aprende a cuidarse, tratarse y quererse bien va a repetir relaciones con hombres similares que de nuevo la van a mal querer.

Todas las personas seguramente conocemos a un amigo o amiga que encadena una relación de sufrimiento con otra, esperando que “un clavo saque otro clavo” que por fin alguien le quiera como merece y se pregunta por qué no encuentra a la persona adecuada.

En psicología siempre planea la pregunta de si nuestras parejas son elegidas realmente o impuestas. Quiere decir que hay una parte inconsciente en nuestra elección de pareja, una parte que viene de nuestra historia de vida, nuestra historia de relaciones diádicas y que va a marcar sin querer esas elecciones.

Hay una metáfora que uso en consulta (la idea es de Mariela Michelena) y es el cuento de la ratita presumida. Es un cuento clásico que habla de una ratita que se encuentra una moneda y con ella decide comprarse un lazo para verse mona y se pone a barrer la puerta de su casa con la esperanza de que algún guapo pretendiente acuda a su llamada. Por la puerta de su casa van apareciendo un pretendiente tras otro, el lobo, el burro, el gallo, el león, el cerdo… todos le proponen matrimonio y ella hace la misma pregunta a todos: “¿y qué harás por la noche?”, pero parece que ninguna respuesta es del agrado de la ratita y acaba dando calabazas a cada pretendiente que acude. Pero de repente llega “él”, el más guapo, el que le llama la atención y con el que decide casarse, que no es otro que el gato! Y, como todos y todas bien sabemos, los gatos gustan de cazar y comer ratitas, así que el cuento termina con la protagonista devorada en la noche de bodas.

Y es que la ratita, después de entrevistar exhaustivamente a cada candidato, eligió al peor para ella. ¿Por qué a veces a pesar de saber de antemano que esa persona no es la más adecuada, que nos va a hacer daño, a pesar de ver las señales, nos metemos de lleno en la relación?

Creo que en ocasiones nos  aferramos a la idea de que el amor todo lo cura, de que si amamos fuertemente al gato, le demostramos lo especiales que somos, todo lo  que podemos  hacer por él, dejará de ser un gato.

 

Lucía De Juan