Lucía de Juan García nº de colegiada: M-23642 - C/ Olímpico Francisco Fernández Ochoa, 7 Alcorcón (Madrid)

Ira: emoción prohibida

Las emociones, como muchos otros aspectos de nuestro funcionamiento en la vida, tienen sus más y sus menos a ojos de los demás y a los nuestros. Que se lo digan a la ira, esta emoción que todos sentimos de manera más o menos consciente pero que no siempre está bien vista sacar a paseo. ¿Todos hemos estado enfadados alguna vez, verdad?

Y es que la ira no tiene la misma carga o imagen si quien lo expresa es un niño o niña, chico o chica, hombre o mujer, pero ese ya es otro tema, el género y las emociones. Esto es quizás otra reflexión.

 

Bueno pues ¿qué hacemos cuando sentimos ira?, ¿como la gestionamos?, ¿en que lugar podemos dar rienda suelta a esta emoción? ¿en presencia de quién? Y en que parte de nuestro cuerpo la sentimos, ¿en el vientre, subiendo hasta la cara? ¿o tal vez no me entero de que la estoy sintiendo? Pues todo puede ser. Mirad a ver, observaos y luego me contáis.

Con la ira, como con las demás emociones, va a depender, de entre otras cosas, de nuestra historia de vida. En algunas familias la ira exteriorizada, en la manifestación más popular o “agresiva” es una emoción prohibida. Perder las formas es algo censurado, inadmisible. En otras, por el contrario, es algo “de carácter” y por eso valorada. Y es que en todas ellas al final se expresa de alguna manera y esa manera nos condiciona y a veces nos hace sufrir.

Si os pregunto, ¿en vuestro caso o casa, como es o cómo era? ¿como mostraba mi madre su ira y cómo lo hacía mi padre?, ¿a todo tren tal vez? gritos, aspavientos, portazos, golpes en la mesa, etc.; o, ¿era mediante una crítica, “deberías.”  con la intención de que fuéramos mejores o por nuestro bien, etc.; o ¿era tal vez mediante un silencio largo, de días con cara de perro y retirándonos la palabra o incluso la presencia?

En definitiva, ¿cómo expresas tú la ira, a día de hoy? Estas no son más que las tres formas de expresión de la ira, que no son excluyentes.

 

Hoy me gustaría entretenerme con una de ellas, esa manifestación interiorizada de la ira, donde a veces no me doy cuenta de que estoy enfadada hasta que ya exploto (un observador diría que no fue para tanto) y luego me siento horriblemente mal, la peor persona del mundo, con un sentimiento de culpa que no me deja vivir en dos días y una ansiedad… Ay, que mal se pasa. Pues si se pasa muy mal y por eso, por todo esto se la intentas contener todo lo posible, si pudieras, hasta la harías desparecer de tu nuestro mapa de emociones, sin éxito claro. La ira, en esta manera de funcionar,  muta en otras manifestaciones más “correctas” como la corrección en el hablar, en el andar, la tendencia a “arreglar” lo que no funciona bien en nuestro entorno, o a las personas que tenemos en casa, pareja, hijos; regañar, sermonear, aconsejar… “por tu bien”;  “primer el deber y luego el placer”, corregir esa postura o conducta que vemos en otro, o esa manera de vestir. Y así se convierte en santa perfección, santa ira y también, por eso lo comparto aquí, en un sufrimiento para la persona que la padece y que no encuentra otra manera expresar esta emoción.

Y al principio y al final, la ira no es más que energía pura que nos informa de lo que necesitamos, lo que nos incomoda y que nos defiende de lo que no podemos tolerar. Por eso es bueno reconocerla, validarla, acogerla y poder darle una expresión liberadora.

Un punto + para nuestra ira.

 

Isabel de la Parra Jiménez.